Señal que te he perdido
Los últimos días te golpeás con varias paredes. Digamos que tenés abiertos muchos frentes. Demasiados, para combatir con dignidad y la capa flameando a lo SuperGirl.
Querés peinarte como Amy Winehouse, ponerte unos leggins de leopardo violetas, unas gafas y salir así a la calle. Como si nada. A comprar el pan.
Pero no, ya no lo harás, porque cumplís 3-0 y ayer se te ocurrió la genial idea de ir a la peluquería. Todo porque El Manchego dice que le duele la rodilla. Valladolid peligra. Entonces, si vamos a hacer cosas que no queremos (como pasar el 7/12 en la Huerta), la hacemos completa. Peluquería y a deshacerse de las mechas a lo JuanaViale que no te quedan mal, pero que atrasan. Definitivamente atrasan. Teléfono, AlegríaPeluqueros (vas porque te mata el nombre). Luis. 6.30. Salimos antes del trabajo porque no nos importa nada, después de todo basta de regalar plusvalía mientras tenemos cosas trascendentales que hacer. Como deshacernos de las mechas. Miro mis pelos de Pantoja en la vidriera, entro y le digo a Luis Corto. Quiero Corto. No aclaro que me gusta el bob de Ms. Cruise, porque no, no podés ser tan adolescente de ir a la pelu con una revista en la mano. Pero sí te trajiste 10 fotos del flequillo que te cortó el invierno pasado, cuando estabas furiosa con la vida. Y que tanta felicidad te dio. Hasta que hiciste abandono de hogar. Y Luis te mira, se pone detrás sentís algo raro y ves su mano. Ahí está. Mi ADN va a terminar en el piso de la peluquería. Mi ADN primorosamente cuidado, peinado, secado, anudado, enrulado, alisado. Ya está y bueno, qué le vas a hacer, excepto Luis, chaval, ¿no me das ni el lavado de cabeza para meditarlo un poco? Se ríe. Creo que los peluqueros son algo sádicos. Sobre todo cuando una chica conflictuada llega y dice Corto. Te dejás llevar, pileta, toalla, tijeras, tric-tric-tric-tric-tric-tric-tric-tric. ¡Hola!. Las Trillizas de Oro fueron abuelas. Las tres posan orgullosas con un bebito. Una con mucho botox, otra con un peeling mortal que le hicieron esa mañana y la tercera con un ojo más grande que el otro. Y hablan de lo que significa ser abuelas, así en plural. En fin, me da algo. Pero seguís ¡Holeando! y te reís sola. Reinas, princesas, amantes de, ex de, hermanas de, sobrinas de, hermana de la prima de la cuñada de, y así. A veces cuando mirás las revistas del corazón españolas te causa gracia y vergüenza ajena encontrar un argentino-somos-como-somos diciendo cosas que nunca dirían allá. Como tu amado Calamaro que dijo que malcría a su chica comprándole Gucci, Dolce y Chanel porque la moda argentina es tercermundista y berreta. En fin, levantás la cabeza y esto no es lo que querías. Pero le das una oportunidad (otraoportunidá-otraoportunidá!) y te decís que de última volvés. Porque esto no es lo que querías. Pero sos tan pero tan pelotuda que no te animás. Entonces ponés cara de aspirinetas. Uy qué lindo y te desarmás el peinado de secador y cepillo redondo, te abrigás y salís. Y caminás. Llamás a Hermanita y le contás que te cortaste el pelo. Que parecés de 30 y oís Nena, tenés 30 desde Pamplona y la putaqueteparió. Tu hermana te odia. Eso es así. Llegás a casa, ves a El Manchego tirado en el sofá viendo un documental y te dice qué guapa que estás, cariño. Y te tirás al suelo (porque no querés aplastar la rodilla que puede te quite las vacaciones), y llorás sobre su shetland pinchudo, que sos una vieja, con granos de púber. Que tenés lo peor de todas las edades que viviste y que te querés morir, que no salís más a la calle porque en el súper te dicen Señora y que lo peor es que hacés cosas de Señora. Te comprás pantalones más caros que antes, no podés dormir si no te limpiaste bien la cara, necesitás tu Hidraphase casi tanto como el agua y te obsesionan las 3 canas que tenés. Ya pensaste en tus susanos y te das cuenta que sos la mayor de tu clase en la Universidad porque sos la única que nació en los ’70. Y él te abraza y te dice que nada que ver, que pareces de 25 (mentime que me gusta) y vos llorás. Como una tarada. Desde adentro, te salen los ahhhhhhaaahhhhh y las lágrimas, llorás como si se hubiera muerto alguien. Bueno, si, digamos que se murió Teen Maggie y llorás porque ya no la vas a ver con sus shorts de jean, en musculosa sin corpiño, caminando impunemente por la calle porque no me importa nada. Y llorás porque si vas a tener chicos (Oh, conversación de Sábado por la mañana que merecía ser grabada) tenés que empezar a mentalizarte. Porque tenés casi 30. Y pensás como de 30.
Y tenés pelos de 30. Luis Te Odio.
Si usara Labels, acá pondría Yo y mis impulsos suicidas









