Hay días en los que caigo: necesito un
mentor. No sólo para que me indique y/o corrija temas de pronunciación [asar-azar-azahar], me recuerde que las frutillas son fresas, los bowls hay que apilarlos bien sino se rompen y que si corro más de 45' me lastimo, sino para que me monitoree cada movimiento. Escribir mails idiotas es mi especialidad. Y no, no es la faceta
trapito que todas llevamos dentro, sino algo más típico-en-mí, del estilo vení, pisame, pegame, decime Marta [G.B. si querés] y después tirame por ahí, porque después de todo la ballerina no sirve para otra cosa. O el trapo rejilla.
Lo mío es más del estilo dale, jodeme otra vez, terminá el mail con un 'Te extraño' y jodeme la mañana, la tarde y la noche. El fin de semana ya que estamos y porque es viernes. Yo sé que no me extrañás nada, que estás encantado con tu vida mediocre, pero aún así seguimos en esa ficción de que nos queremos, que somos parte de la vida del otro y que me importan tus cosas -todas menos la mamarracha de tu concubina, a la que nunca te atrevés a mencionar.
Entonces leo esa última línea, me golpeo la cabeza contra el teclado una, dos, tres veces, repito el mantra(*), e intento resetear.
Claro-clarísmimo que no lo logro.
(*)
Fuck me bad once, shame on you.
Fuck me bad twice, shame on me.