Té de noche
Cuando eramos chicos, en casa la cena de los domingos era té.
Té con leche, siempre té con leche. Lauris lo preparaba en la tetera grande, esta de cerámica pintada que había traído del sur. Nos sentábamos en la mesa de la cocina con nuestras tazas grandes, las tostadas, algo dulce -si había-, sandwiches -de pollo si quedaba de la comida- y, si era un buen día, medialunas rellenas con jamón y queso calentitas.
A veces me da nostalgia esa cena frugal (que a veces de frugal no tenía nada). Acá no se toma 'el té', cuando lo mencionan se creen que soy una anglófila de costumbres pedantes y exóticas, y se imaginarán que menos que menos se toma el five o'clock tea habiendo comido a las 3 y media...

Pero el miércoles a la noche fue la excepción. Necesitados con urgencia de algo que comer antes de ir al cine, fuimos con El Manchego a tomar algo a una confiteria-pastelería cerca de casa. Y fue un gran dejá-vu, aunque sin la tetera azul: esa taza de té con leche caliente entre mis manos, la palmera de chocolate, el bizcocho de vainilla y nuez... y me dieron ganas de repetir ad infinitum... no por el hambre, sino por la sensación 100% casa.



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