Essaouira
Llegar a Essaouira desde Marrakech es como estar en otro país. Hay playa, pero también una medina amurallada, casas de más de 700 años, edificios coloniales portugueses y franceses, mucho (muchísimo) viento y una tranquilidad inesperada (a pesar de julio, a pesar del turismo de masas).
Los tres días que pasamos en Mogador/Essaouira fueron de mucho descanso, largas caminatas por la playa, tirarse al sol, y hacer nada. Sobre todo mucho de hacer nada. A la mañana sonaba el despertador y arrancábamos muy tranquilos. Nos hospedamos en casa de un marroquí en la medina, en una habitación blanca, inmensa, que tenía 3 ventanales sobre la playa. No había más que bajar y caminar 2 minutos para sentarnos en el café a tomar un desayuno marroquí (té, crepes con aceite de argán y almendras, tostadas y mucha miel) mientras la gente comenzaba a caminar por la calle, abrir sus negocios, colgar las alfombras en lugares inimaginables y exponer mil y una chucherías. Después playa (Atlántico, frío, viento), y a comer al mercado. Siesta para El Manchego, más sol para mí. Ducha, caminata y atardecer en la muralla, escuchando un rato a los flaquitos de los tambores y luego buscar algún lugar donde comer algo. Más caminata, más charla y a dormir. Al final, en 3 días acabamos teniendo la rutina, los lugares, los gustos (dale, comprá las sardinas del pelado que están más buenas, no, no, no, melón a la playa no, que lo como lleno de arena, ay traéme el periódico y si ves algún libro plís plís plís). Y me quise tirar de la muralla, había librerías de viejo llenas de libros de sociología (?) en francés (y explicame quién tendría un abiblioteca de sociales en Essaouira, que me caso con él), y yo con mochila y, digámoslo, casi sin entrenamiento para volver a leer a Barthes sin traducir. Definitivamente tendremos que volver.







Los tres días que pasamos en Mogador/Essaouira fueron de mucho descanso, largas caminatas por la playa, tirarse al sol, y hacer nada. Sobre todo mucho de hacer nada. A la mañana sonaba el despertador y arrancábamos muy tranquilos. Nos hospedamos en casa de un marroquí en la medina, en una habitación blanca, inmensa, que tenía 3 ventanales sobre la playa. No había más que bajar y caminar 2 minutos para sentarnos en el café a tomar un desayuno marroquí (té, crepes con aceite de argán y almendras, tostadas y mucha miel) mientras la gente comenzaba a caminar por la calle, abrir sus negocios, colgar las alfombras en lugares inimaginables y exponer mil y una chucherías. Después playa (Atlántico, frío, viento), y a comer al mercado. Siesta para El Manchego, más sol para mí. Ducha, caminata y atardecer en la muralla, escuchando un rato a los flaquitos de los tambores y luego buscar algún lugar donde comer algo. Más caminata, más charla y a dormir. Al final, en 3 días acabamos teniendo la rutina, los lugares, los gustos (dale, comprá las sardinas del pelado que están más buenas, no, no, no, melón a la playa no, que lo como lleno de arena, ay traéme el periódico y si ves algún libro plís plís plís). Y me quise tirar de la muralla, había librerías de viejo llenas de libros de sociología (?) en francés (y explicame quién tendría un abiblioteca de sociales en Essaouira, que me caso con él), y yo con mochila y, digámoslo, casi sin entrenamiento para volver a leer a Barthes sin traducir. Definitivamente tendremos que volver.


2 comentarios:
Hola!!
Lindísimas las fotos.
Me encanta como escribis sobre tus viajes, con palabras simples pero que hacen que uno casi se sienta en el lugar.
Un beso
gracias mery!
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