Volviendo (todavía)
Cliché: Marruecos es un país tan grande como diverso.
Caminando, observando, escuchando y saboreando existe la posibilidad de construir una red entera que incluye tanto a la cultura magrebí, la española, y la latinoamericana. Cada una de ellas tiene su especificidad y su diversidad –creo que es una obviedad incluso escribirlo-, pero encontrar colores, formas, gestos, sabores u olores en un lugar que a primera vista puede parecer tan distinto no deja de provocar cierta extrañeza. Y no hablo de la bendita globalización ’00, sino de otro tipo de transmisiones, procesos de aculturación, fronteras y contactos. Caminar por cualquier ciudad o pueblo marroquí es, en algunos casos, un gran déjà vu.
Supongo que es la intensidad de la experiencia lo que me impide terminar de resolver qué quiero decir sobre los lugares que conocí –e incluso en ese caso me limitaría a hablar de lugares, porque conocer gente me cuesta mucho, muchísimo más; nunca podría ser la típica viajera que conoce a alguien por azar en un lugar, cambia sus planes, se deja llevar. Lo que sí tengo muy presente es lo que sentí en cada uno de los momentos del viaje, lo que me provocaron los paisajes, lo que disfruté los sabores, lo que oía en la calle. Aunque resultara chocante a veces, no podía dejar de mirar a la gente, a los chicos, a las mujeres. No sé muy bien qué buscaba, pero quería ver ojos, manos, escuchar voces, descubrir expresiones, y aunque no entendiera el idioma, tratar de descifrar algo de lo que pasaba a mi alrededor. Es una tontería, pero después de varios días miraba los carteles, trataba de encontrar las letras del alfabeto que de a poco reconocía, y me ponía loca de contenta cuando me salía bien. Casi como cuando aprendí a leer por primera vez.
Creo que deberé proponerme escribir algo sobre cada lugar, para que esos recuerdos no acaben mezclándose y confundiendo en un gran lugar con playa, montaña, riads, burros en la calle, paredes azules, torres de pastelitos con almíbar, muchos platos de tajín y tortitas de sémola.
Caminando, observando, escuchando y saboreando existe la posibilidad de construir una red entera que incluye tanto a la cultura magrebí, la española, y la latinoamericana. Cada una de ellas tiene su especificidad y su diversidad –creo que es una obviedad incluso escribirlo-, pero encontrar colores, formas, gestos, sabores u olores en un lugar que a primera vista puede parecer tan distinto no deja de provocar cierta extrañeza. Y no hablo de la bendita globalización ’00, sino de otro tipo de transmisiones, procesos de aculturación, fronteras y contactos. Caminar por cualquier ciudad o pueblo marroquí es, en algunos casos, un gran déjà vu.
Supongo que es la intensidad de la experiencia lo que me impide terminar de resolver qué quiero decir sobre los lugares que conocí –e incluso en ese caso me limitaría a hablar de lugares, porque conocer gente me cuesta mucho, muchísimo más; nunca podría ser la típica viajera que conoce a alguien por azar en un lugar, cambia sus planes, se deja llevar. Lo que sí tengo muy presente es lo que sentí en cada uno de los momentos del viaje, lo que me provocaron los paisajes, lo que disfruté los sabores, lo que oía en la calle. Aunque resultara chocante a veces, no podía dejar de mirar a la gente, a los chicos, a las mujeres. No sé muy bien qué buscaba, pero quería ver ojos, manos, escuchar voces, descubrir expresiones, y aunque no entendiera el idioma, tratar de descifrar algo de lo que pasaba a mi alrededor. Es una tontería, pero después de varios días miraba los carteles, trataba de encontrar las letras del alfabeto que de a poco reconocía, y me ponía loca de contenta cuando me salía bien. Casi como cuando aprendí a leer por primera vez.
Creo que deberé proponerme escribir algo sobre cada lugar, para que esos recuerdos no acaben mezclándose y confundiendo en un gran lugar con playa, montaña, riads, burros en la calle, paredes azules, torres de pastelitos con almíbar, muchos platos de tajín y tortitas de sémola.


3 comentarios:
Qué alivio, no soy la única a la que le cuesta "conocer gente y dejarse llevar".
Supongo que por eso, para mi los viajes, significan realmente algo, cuando tengo con quién compartirlos.
He viajado bastante, sola y acompañada. Nada paga más que estar al lado del otro, agarrarle la manga, boquiabierta y decirle: "mirá, mirá conmigo"
:-)
es casi ...una experiencia religiosa...
como que no alcanzan las palabras para describir tanta tanta intensidad.
la hinchada reclama alguna fotillo al flickr!
Estos destinos tan lejanos de las rutas convencionales son difíciles de procesar, no? Tomate tu tiempo y reescribí esas experiencias...
Besos:>
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