al final volví a leer. A leer libros, no boludeces. Libros boludos también, tampoco es que soy una concienzuda intelectual. Pierdo mucho el tiempo, mucho. Creo que si en lugar de divagar tanto en mi cabeza enfocara esa atención en algo con sentido/ dirección, sería infinitamente más productiva. Me aburro y preparo clases. Un 20 de abril. En mitad de vacaciones. Leo sobre metodología de las CCSS, blogs de profesores ingleses (detesto los blogs de los profesores españoles de enseñanza media, tan prestos a pontificar sobre TODO) y mucho de memoria histórica. Y género. Todo a la vez. Mi cabeza es un samba.
Pierdo tiempo con el f*cking movil, como todo el mundo. Soy una mochufa, después de todo. Cómo me hizo reír el cabrón de Santiago Lorenzo.
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Otra discusión por temas de la mudanza. Estoy harta de todo y aún no llegan los pintores.
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Estos últimos meses he intentado leer más libros, dejar de llenar mi cabeza con mochufeces. En enero leí algo que me gustó, pero no me puedo acordar qué era. Así tengo la cabeza. Sólo recuerdo que me sirvió para meterme en la cama buena parte de las vacaciones de navidad, cuando no tenía ganas de performance familiar.
En febrero sé que leí un libro tontísimo. Tontísimo de aburrimiento, pero que me obligué a leer. Lo empecé y terminé en un fin de semana, otro más de performance familiar. No termino de entender por qué sigo insistiendo con los ingleses. Tengo que darles un descanso.
Marzo fue horrible, mucho trabajo y poco tiempo para mí. Apegos feroces aparecía en mi TL de tanto en tanto y lo vi en la biblioteca. Así como llegó, cayó. A los dos días había reservado The odd woman and the city, pero me decepcionó. Tardé en acabarlo, me *autoimpuse* una semana -a pesar de que era vergonzosamente corto- pero las últimas páginas las terminé porque *debía*.
Además de todo, releer Primo Levi para el viaje de Polonia. La Trilogía y otro de testimonios. Después decidí llevarme la Trilogía, y así como la metí en la mochila la traje de vuelta.
En el vuelo de regreso lo compensé echándome unas risas con Los asquerosos. ¿Por qué lo tuve en espera tres meses?
Este fin de semana largo empecé y terminé El salto de papá, de Martín Sivak. No estuvo mal, pero las primeras 70 páginas te enganchan para después leer la frustración de un escritor que no sabe cómo terminar un libro que tiene en la cabeza más de siete años. Y que te da un final mal resuelto por todos lados.
El sábado, en una pasada por la estantería de novedades mientras trataba de no perder de vista a Coco, que ya corría a la sección infantil, saqué La edad del desconsuelo. Anoche casi lo terminé. No sé qué pensar. Los libros que me obligan a pensar en lo que me pasa a mí me sientan fatal. Me ponen en un lugar en el que no quiero estar, escuchar mi cabeza cuando lo único que me ayuda es el ruido, poner corazoncitos en las fotos o pensar en qué comen las chicas mañana.
No, no es un libro para recomendar. Dave y Dana son detestables.
domingo, abril 21, 2019
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