jueves, abril 25, 2019

hace dos días que no voy al departamento. El lunes por la noche fui a cerrar la llave de paso, Manchego no se acordaba si la cerró después de que el fontanero cambiara el grifo y el sifón (?) del lavadero. Ayer no fui, sólo vi a los pintores desde la calle. Llevaron el lavarropas y la heladera -y hay que devolverla porque tiene un bollo (?) arriba. Manchego fue con sus padres a ver el piso anoche, yo estaba con las chicas y no quería dejarlas. O jugaba y escuchaba música, mientras V berreaba, muerta de sueño y hambre. En un momento pensé en agarrar las llaves y salir. SALIR. Después de casi dos semanas de vacaciones (???) tengo la cabeza limada, la domesticidad (como todos sabemos) no es lo mío. Pensar que volver a las clases el lunes me hace relativamente feliz es bastante patético -*Madre quiere escapar del hogar, por lo que no tiene problema con un lunes de cinco horas lectivas y una de guardia*. Cuando pienso que estos años pasan rápido, que las chicas crecen a velocidad de rayo me siento fatal, pero si no estoy de viaje, en el monte o en la playa aunque sea por el día, se me hace difícil remar tantas horas sola. Y no voy a empezar con la tribu, la maternidad compartida y demás. Todas las tribus a las que he pertenecido o he intentado pertenecer (grupo de lactancia, amigas del trabajo, amigos guay de Manchego) han sido decepcionantes. La mayoría de la gente me aburre mucho. MUCHÍSIMO. Está hablado en terapia durante años, no le puedo seguir dando vueltas, los hay que arrastran multitudes, los que se amoldan a lo que hay y los que preferimos estar en casa o solos por ahí. En una época me pesaba, leía lo que hacían allá y yo también quería, pero ya me desenganché. Eso creo.

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